lunes, 20 de octubre de 2008

Un mundo de plástico bajo sospecha

“Conviviendo con el enemigo conociéndolo es útil, ignorándolo es fatal” (Abel Desestress)


Si en estas páginas habláramos de los posibles riesgos del bisfenol A o BPA, quizá pasaría usted la página sin preocuparse de una sustancia desconocida para la gran mayoría. En realidad, este compuesto invisible está muy presente en nuestras vidas. Lo podemos encontrar en biberones irrompibles, en botellas, en latas de conserva y refrescos, selladores dentales, en ventanas, en discos CD, lentes... la lista es interminable. Está en todo tipo de productos plásticos de policarbonato y resinas que utilizamos casi a diario, hasta el punto de que podemos hablar de una sustancia casi ubicua en nuestro entorno.
Pero lo que más preocupa es la presencia de este químico en envases destinados a la alimentación, cuando puede entrar en contacto con el organismo. El bisfenol permanece en los envases como un residuo, un efecto no deseado de la fabricación del plástico. Su problema es que puede liberarse, en concentraciones mínimas, desde el envase a los alimentos y líquidos con los que esté en contacto. Y de ahí directamente al organismo.
Por eso el bisfenol siempre ha despertado los recelos de la comunidad científica. Numerosos estudios han escrutado su seguridad a la búsqueda de riesgos para la salud. Los resultados son aún contradictorios. Se ha relacionado con un mayor riesgo de causar anormalidades en el desarrollo embrionario, con cáncer y con infertilidad masculina. Se asume que es un producto tóxico, pero siempre en dosis elevadas. Dos de los principales organismos reguladores, la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria y la Agencia del Medicamento de Estados Unidos (FDA), sostienen que los niveles de exposición son seguros para la población. Esta posición se ha mantenido en las continúas revisiones en las que han participado paneles de expertos, algunas muy recientes.
Pacientes de verdad
La gran mayoría de los estudios que han investigado riesgos potenciales se han realizado en ratones y otros modelos animales, con una forma diferente de metabolizar los productos químicos. Lo que ha hecho cuestionar sus resultados.
Ahora una nueva investigación ha evaluado los efectos del bisfenol en el verdadero banco de pruebas, en pacientes de verdad. Las universidades de Exeter, en el Reino Unido, y Iowa, en Estados Unidos, estudiaron la presencia de este compuesto químico en 1.455 adultos que participaban en un estudio nacional de salud y nutrición entre 2003 y 2004. Los investigadores buscaban una posible asociación entre la concentración de BPA en la orina y algunas de las enfermedades crónicas más comunes. Y lo encontraron.
El compuesto químico se aisló en el 90% de las muestras de orina. Tras ajustar las concentraciones por edad y sexo, comprobaron que las personas con más bisfenol eran también las que tenían más problemas cardiovasculares y diabetes tipo 2, la forma que está relacionada con el sobrepeso y la obesidad. La presencia de enfermedades del corazón era tres veces superior y la de diabetes 2,4 veces mayor. También se encontró una relación con trastornos hepáticos. No era la primera vez que se relacionaba el bisfenol con una de las nuevas epidemias del siglo XXI. Otras investigaciones previas habían demostrado que este compuesto químico podía suprimir una hormona que regula la sensibilidad a la insulina y predisponer a la diabetes.
El estudio británico, publicado esta semana en la revista de la Asociación Médica Americana, por sí solo no basta para extraer conclusiones. Se necesitan más investigaciones para confirmar estos resultados. Y responder a muchos de los interrogantes que ha dejado en el aire. Toda la población estudiada era adulta. No había niños ni mujeres embarazadas, dos de los grupos de mayor riesgo a la exposición de una sustancia tóxica.
Miedo de los consumidores
El informe ha caído como una bomba en Estados Unidos. Ha llegado en un momento crítico, justo cuando un panel de expertos acababa de garantizar que los biberones, las botellas de plástico y todos los envases de comida eran seguros para acallar las dudas de muchos consumidores. El informe de la FDA hacía especial hincapié con los productos utilizados por la infancia: «Existe un margen de seguridad adecuado para proteger a los consumidores y a la población infantil», decía.
Con el nuevo estudio en la mano, Laura Tarantino, uno de los científicos responsables de la FDA, reconoce que deberían resolverse algunas de las «cuestiones preocupantes» que están surgiendo. La Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) también ha reaccionado y tiene prevista para las próximas semanas una nueva reunión de su comité científico para tratar este tema. La última revisión se hizo hace apenas dos meses y, como la agencia estadounidense, sólo transmitía tranquilidad. La EFSA respaldaba su seguridad porque el organismo humano era capaz de metabolizarla y eliminarla rápidamente.
Las autoridades españolas
La Agencia Española de Seguridad Alimentaria se ampara en todos los informes que respaldan la seguridad de los envases de plástico, aunque reconoce el valor del nuevo estudio británico. «Es una investigación original, que tiene el aval de una revista científica de prestigio. Pero hay que valorarla con todos los demás estudios en su conjunto. Lo que sabemos hoy es que es una sustancia segura porque así lo indican la mayoría de los informes», explicó Ana María Troncoso, recién nombrada directora de la Agencia de Seguridad Alimentaria.
Troncoso no cree que hoy haya razones para recomendar biberones de vidrio, en lugar de plástico, o que los consumidores cambien sus costumbres. «Con el estado de conocimiento actual, los niveles de bisfenol son seguros. Si la agencia europea cambia sus recomendaciones, nosotros también lo haremos».
Límites regulados por ley
La presencia del bisfenol A en los envases es fruto de un accidente. Es un residuo de la fabricación de los envases de plástico que está regulado por ley. Esa legislación tiene establecido un control, llamado «límite de migración» que establece la cantidad máxima de este producto que puede liberarse y llegar al organismo humano.
Todos los fabricantes de envases alimentarios deben garantizar que haya menos de 0,6 miligramos por kilo de producto. «Un valor muy seguro, por debajo del cual se sitúan la gran mayoría de los fabricantes», señala José María Lagarón, del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). «No creo que haya ninguna razón para temer que exista un riesgo para la salud, siempre se respeten estos límites».
Muchas de estas explicaciones no convencen a otros expertos que ven con preocupación cómo el incremento de la diabetes infantil y la obesidad ha ido parejo al incremento de la producción en los últimos 30 años.